Correr para volver a empezar
La Historia de Aye
Ayelén Fernández nació en Choele
Choel, en la provincia de Río Negro. Es madre de cuatro hijos y trabaja como
empleada doméstica. Sueña con ser atleta elite porque el running salvó su vida.
Una vida que no fue fácil: dos de
sus hijos viven con ella, mientras que el mayor, de 18 años, lo hace junto a su
abuela materna, como resultado de decisiones duras que tuvo que enfrentar en su
camino.
Desde muy chica, el running
apareció como un refugio. Tenía apenas 7 años cuando acompañó a su hermano a
entrenar, y algo en ese mundo la atrapó para siempre. Volvió a su casa
decidida: ella también quería correr. Al principio encontró resistencia —“no es
un deporte para nenas”, le dijeron—, pero insistió. Y así, en 1995, gracias a
la insistencia de su hermano, comenzó a correr. Durante años, el movimiento fue
libertad.
Pero la adolescencia trajo
consigo una pausa forzada. El deporte quedó atrás, y en su lugar aparecieron
sombras difíciles de nombrar. Pesadillas, angustia, una sensación constante de
no entender qué le pasaba. Hasta que un día, en medio de un viaje a Bariloche
durante los Juegos Rionegrinos, todo estalló: el aire no le alcanzaba, el
llanto era incontrolable y el único deseo era volver al abrazo seguro de su
familia.
Esa noche marcó un antes y un
después. En medio del dolor, comprendió lo que su memoria había guardado
durante años: había sido víctima de abuso en su infancia, por parte de un
familiar directo. Reunió el coraje y lo contó. Pero la respuesta no fue la que
necesitaba, ni la que esperaba. El silencio, la negación y la traición
quebraron el vínculo con su madre.
A partir de ahí, su realidad
cambió por completo. Su vínculo con su mamá se quebró profundamente, ya que le
había mentido, la había obligado a callar diciéndole que sus abuelos no debían
saberlo, y nunca realizó la denuncia policial que le había prometido. Además,
continuó vinculándose con ese monstruo y su familia, como si nada hubiera
pasado. Convivir con ese silencio y esa negación marcó el inicio de un camino
muy difícil, cargado de dolor y decisiones que tuvo que tomar siendo muy joven.
Ese fue el inicio de una lucha
silenciosa. A los 16 años empezó a trabajar para poder independizarse. Creció
de golpe, obligada por las circunstancias. A los 20 fue madre soltera por
primera vez, comenzando una nueva etapa sola, sosteniendo todo con una
fortaleza que ni ella misma sabía que tenía. A los 23 volvió a apostar al amor,
y nació su segunda hija. Pero la vida volvió a golpear: años más tarde,
mientras esperaba a su tercer hijo —su “ángel”—, la violencia de género le
arrebató lo más profundo. Perdió ese embarazo, víctima de la misma persona con
la que había formado su familia.
Con el alma rota, sin tiempo para
detenerse a llorar, ni poder hacer el duelo, eligió seguir. Por sus hijos. Por
ella.
Hace diez años tomó una decisión
valiente: empezar de nuevo, mudarse para sobrevivir. Eligió Necochea como su
lugar en el mundo. Y fue allí, en una tarde cualquiera corriendo por la playa,
donde volvió a encontrarse con el running. No como antes. Esta vez era
distinto. Más profundo. Más necesario. En cada paso encontró algo que había
perdido: paz.
El deporte se convirtió en su refugio, en su terapia, en su forma de reconstruirse. La playa, el río, el parque… no solo moldearon a la atleta, sino también a la mujer que estaba sanando.
Hoy Ayelén corre porque ahí se encuentra consigo misma. Porque en cada kilómetro hay historia, dolor transformado en fuerza, y una voz interna que le recuerda que no se rinda. El running la sacó de una profunda depresión, le devolvió la energía cuando no tenía nada, y le enseñó que siempre se puede volver a empezar, “cada paso tiene un sentido profundo”, me cuenta.
Corre también por una promesa. A
su abuela —su verdadera madre, su sostén incondicional— le juró que no iba a
parar hasta cumplir sus sueños. La lleva tatuada en la piel y en el alma. En
cada carrera, siente que corre con ella.
Entre sus logros, hay momentos
que brillan con luz propia. En 2018, en los 10 km de “Actitud Solidaria” en
Necochea, volvió a competir después de muchos años… y ganó. Bajo la lluvia, en
la arena, sintiendo cada paso como un latido, ese día no solo cruzó una meta:
se reencontró consigo misma.
Un año después, en sus primeros
21 km, volvió a enfrentarse a sus propios límites. A partir del kilómetro 13,
el dolor en su pie era intenso. La cabeza dudaba, cuestionaba, quería frenar.
Pero había algo más fuerte: su historia. Miró el mar, se habló, se sostuvo. En
los últimos metros escuchó que le gritaban que la estaban por alcanzar. Miró
hacia atrás y pensó: “No puedo perder esto después de todo lo que hice para
llegar hasta acá”. Sacó lo último que le quedaba. No podía rendirse. No
después de todo lo que había atravesado. Sprint final. Meta. Cuarto puesto.
Victoria interna.
El mensaje que le gustaría dar es claro: animarse. No importa la edad ni el punto de partida. “No importa de dónde venís ni cuántas veces te caíste. El deporte puede ser una puerta. Una salida. Una forma real de sanar. El deporte es salud, es liberación, es una herramienta real para sanar. Es un camino que transforma”.
Ayelén sigue soñando. Quiere correr su primera maratón este año. Entrena, comparte su camino, trata de motivar y de inspirar a otros. Porque entiende que el deporte también es comunidad, ejemplo y acompañamiento “si mi historia puede ayudar a alguien a no rendirse, entonces todo vale la pena”.
Y en su presente, la vida le regaló algo más: una nueva oportunidad de amar, de rehacer su vida. Formó una familia junto a una pareja que la acompaña, y una “bebé arcoíris” que llegó para llenar de luz lo que alguna vez fue dolor, para completar el vacío que había en ella.
Aye dice que cada persona carga
su propia historia, su propia mochila. Algunas pesan más que otras, pero todos
están atravesando algo. Por eso es tan importante ser empáticos, porque nunca
sabes cuánto puede necesitar alguien una palabra, un abrazo o simplemente ser
escuchado.
Hoy agradece. Pero, sobre todo, elige.
Elige no rendirse.
Elige sanar.
Elige seguir corriendo.
Porque su historia no la define
por lo que le pasó, sino por la fuerza con la que decidió levantarse y seguir
adelante, por eso “corre para volver a empezar”.





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