Kilómetros de vida y esperanza
"Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose" Julio Cortázar
Martin nos cuenta su historia de vida. Con un diagnóstico que no
lo define, pero que lo marcó, sin dudas, en un antes y un después, cambiando su
rumbo y su destino. Aprendió a luchar por vivir y a sentir cada experiencia
como una nueva oportunidad. El deporte es la clave para seguir adelante junto a
sus seres queridos y convivir con la enfermedad.
De su infancia recuerda que fue única y especial. Criado
en un paraje humilde, lejos de lo banal, ubicado a 20 km de Balcarce. Creció
entre sacrificios, amor y carencias, con su padre trabajando en el campo y su
madre en presencia, criando 4 hijos prácticamente sola. Vivían en una casita
prestada, con animales que cuidar y una escuela rural dónde aprendió a soñar.
De sus comienzos con el deporte recuerda que a los 6 años empezó con dedicación jugando al fútbol, porque era su refugio y su pasión. Haciendo dedo en el campo para poder ir a jugar, soñaba con goles y con triunfar. Llegó a primera, pero tuvo que parar, pues producto de una lesión dejó de jugar.
Le costó mucho, quizá hasta con tristeza y desazón, pero
siempre siguió involucrado desde otro rol. Decidió ser ayudante del director
técnico del club en el que juega su hijo.
De sus comienzos en el running recuerda
que empezó a correr porque luego de dejar el fútbol no hacía
nada y su cuerpo sufrió modificaciones. Se sentía pesado, había engordado.
Después de ver que compañeros de trabajo empezaron a entrenar decidió unirse
para estar mejor.
Empezó a correr algunas carreras. Lo mejor de este deporte fue
conocer gente maravillosa y su gran sueño sería algún día ser maratonista.
De su enfermedad cuenta que en junio del 2023 la
vida lo retó, porque todo trastocó; después de una carrera de trail comenzó con
mucho dolor abdominal. No podía comer, le costaba pasar los alimentos y bajaba
mucho de peso. Entre médicos y estudios, la verdad surgió: buscando cuál era la
causa, finalmente el diagnóstico apareció: “cáncer en la médula ósea”, y
su mundo se quebró.
Lágrimas contenidas, preguntas al aire. Todo se le vino abajo pero
cuando peor estaba, se aferró al amor de sus hijos, de su familia, y sus
amigos.
Luego de enterarse de su enfermedad lo primero que hizo fue salir
de la clínica tranquilo, intentando continuar normal, pero al comenzar a
conducir tuvo que frenar de golpe porque quebró en llanto.
Su cabeza empezó a estallar de preguntas, de no saber para dónde
salir, de pensar qué iba a pasar, cómo iba a hacer con su vida, con sus hijos,
de verlos a su lado y no llorar para que no lo vean mal.
Con tratamientos duros y días grises aprendió a levantarse y no
rendirse. Las pastillas dolían, su cuerpo cambiaba, pero su fe y su familia
siempre lo animaban. A su lado su madre, su amor incondicional, le enseño que
hasta el mar puede sanar.
Una de las decisiones que tuvo que tomar fue pedir en el trabajo una licencia para poder estar tranquilo en su casa, lo cual duró poco porque estar encerrado fue peor y decidió volver a trabajar para tener la cabeza ocupada, también necesitó de un psicólogo que lo acompañara: “fue un proceso de aferrarme a la fé, a Dios, a mi familia y seres queridos”.
Empezó el tratamiento con muchas pastillas por día, tantas que su
estómago a veces no las resistía; aparecieron también los cambios de estado
emocional, inevitablemente, más la pérdida de cabello y de apetito; también tuvo
picazón corporal, llegando casi a lastimarse de la desesperación, pero paso a
paso y con mucha fuerza, todo empezó a mejorar.
Hoy en día sigue con el tratamiento a base de dos pastillas por
día y todos los estudios salen perfectos. La enfermedad está controlada pero no
curada. Soñando que el día de mañana todo va a volver a la normalidad.
La mujer de su vida, su mamá, lo acompañó en cada momento, “reímos,
lloramos, nos abrazamos, discutimos, pero nunca me dejó solo. Cada mes viajo a
Mar del Plata a hacerme estudios con ella y cuando salimos del hospital, vamos
al mar a liberar todo lo malo y recibir ese aire hermoso del
océano”.
El running se convirtió en su refugio, un camino que lo ayudó a
transformar su cuerpo y espíritu. Así comenzó a sumar kilómetros de vida
y esperanza, dejando atrás los límites que su enfermedad quiso imponer.
Martin volvió al running con determinación, sintiendo que con cada paso corría hacia la redención. Corre porque lo hace feliz, es su cable a tierra, lo que le permite olvidarse de todos los problemas.
Ama el deporte porque le llena el corazón; porque conoció a gente
que lo abrazó sin conocer sus problemas, porque cada vez que cruza el arco
sonríe por un día más de vida y agradece a Dios por eso.
Después de superar los tratamientos más difíciles con cada paso
dado, Martin reafirmaba que su historia no se trataba solo de la lucha contra
la enfermedad, sino de kilómetros de vida y esperanza que lo
acercaban a su mejor versión.
La carrera que más le gustó fue Bachicha 2024 porque
fue la primera después de un año que le descubrieron su enfermedad. Un desafío
de 21 km llenos de superación, felicidad, y de emociones, donde se propuso
hacerla y disfrutarla. Al cruzar la meta abrazó la esperanza, dejando atrás la
tristeza que lo alcanzaba. Ahí estaba su familia esperándolo.
La carrera que más enseñanzas le dejó fue su primera Media Maratón
en Mar del Plata. La meta era poder disfrutarla de principio a fin, así que
para sentirse bien y no lesionarse decidió correr con amigos y al llegar y
abrazarlos se sintió como liberador, dejando el reloj atrás, para poder vivir sumando kilómetros de vida y esperanza.
Su enfermedad no lo define, aprendió a confiar en los procesos, “a
rodearse de personas que te hagan llorar, pero de felicidad, a no alejarse de
sus seres queridos, perdonar, sanar y agradecer a Dios por cada día que nos da
de vida”.
El mensaje final que le gustaría dar es que la
perseverancia es la fuerza que te impulsa a seguir adelante a pesar de los
obstáculos y las dificultades. “No te rindas ni te desesperes, porque todo
llega a su tiempo”.
Su mensaje resuena con verdad ya que la vida es un regalo, una
oportunidad. No importa el tiempo ni el lugar, lo importante es amar y
agradecer. Sonríe, abraza, disfruta el presente y recuerda que el amor es lo
más valiente.
Martin sigue adelante, su historia inspira y nos hace reflexionar
que vivir es un arte que hay que celebrar. Se pone mal cuando ve que hay tanta
gente que vive enojada, que no aprovechan el momento de gratitud que tienen al
estar vivos. Martín aprendió que cada golpe es un día más de aprendizaje y le
agradece a Dios por darle una segunda oportunidad, por sumar kilómetros
de vida y esperanza.
"Hay que sacarse la mala costumbre de no apreciar lo que en verdad
importa", porque al final, solo cuando la vida te pone a prueba con dolor, miedo
y tristeza, es ahí donde te das cuenta de cuántas cosas soltar, del valor de la
gente que te rodea, de los que verdaderamente te quieren y de que solo se trata
de vivir.
Martin nos deja una lección, la vida no se mide en días sino en momentos vividos con amor y gratitud. Su camino lleno de obstáculos es también un recorrido de kilómetros de vida y esperanza.





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