El sueño de poder caminar
"Si me caí es
porque estaba caminando. Y caminar vale la pena, aunque te caigas"[1]
Maximiliano Kaniefsky es un chico deportista
con una discapacidad motriz, al que conocí en un viaje y pudimos hablar del
deporte como filosofía de vida. Sus gestos me trasmitieron tanta pasión, que
supe en ese momento que su historia era un ejemplo de motivación, para contar
que siempre se puede, que el deporte nos salva y nos devuelve la vida.
Maxi nació el 20 de enero de 1990 en Ituzaingó,
provincia de Buenos Aires. Su llegada a este mundo fue algo complicada, ya que
su mamá tuvo en ese momento un pico de presión, fue internada de urgencia y estuvo
a punto de desmayarse. Nació prematuro con 7 meses de gestación. Nadie esperaba
su llegada en ese momento, las complicaciones del parto repercutieron en su
nacimiento. Cuando salió a la luz los
médicos se dieron cuenta de la hemiparesia[2]
que afectaba la parte motriz izquierda del cuerpo de Maxi.
De las dificultades durante su infancia me cuenta que tuvo episodios de
ausencias desde sus 4 hasta sus 13 años donde comenzaron los ataques de
epilepsia -producto del parto-, del cual tiene en claro que si no lo sacaban a
tiempo de la panza de su madre lo iban a declarar muerto. El médico que la
atendió fue el milagro que lo salvó. Recuerda que sus padres se turnaban para
ver si se le repetían los episodios. Muchas veces lo tenían que agarrar de las
muñecas y tobillos, porque no paraba de sacudirse.
En ese momento tenía secuencias muy repetidas
de los ataques y los picos de convulsión eran muy fuertes. No lo podían dejar
solo. Los médicos le decían que tenía que dejar que pasen. No lo podían tocar,
ni medicar. Por suerte, la epilepsia fue desapareciendo después de algunos
años. El cuerpo fue eliminando esos ataques mientras los médicos lo estudiaban
a ver si tenía otras enfermedades.
De su infancia tiene recuerdos lindos hasta los primeros
ataques. Las secuelas del parto lo habían dejado caminando arrastrando la
pierna derecha. Recuerda ir en algunas oportunidades a la escuela en silla de ruedas. Le costaba mucho
caminar, aprendió con un andador para sumar fuerzas.
Otra gran experiencia que recuerda fue una
rehabilitación que hizo en un Hospital de Cuba para personas con problemas
motores. Maxi viajo dos veces, la
primera en 1998 y luego en el 2000.
Estuvo un mes allá, pero los costos de ese tratamiento se hacían muy
difíciles de costear. Recuerda que durante esa recuperación le ponían pesas con
arena para que ganara fuerza en las piernas, ya que no tenía los músculos
desarrollados, no tenía masa muscular.
A él le gustaba mucho estar allá. Se había
hecho amigos, hablaba con todos, no se
sentía tímido, era uno más porque todos tenían su misma condición, mientras que
en Bs. As. tenía miedo de hablar, era callado y tímido. También sentía que allá mejoraba,
que era el único lugar para recuperarse a todo o nada.
Pasaron los años y durante el 2006 y 2007 los
médicos decidieron operarlo de las dos piernas, le hicieron rotación de cadera.
Una operación que duro más de 10 horas, dejando un 90 % de efectividad, para
sorpresa de Maxi, ya que él se había resignado a no caminar más. No tenía
esperanza, después de haber tenido yeso en las dos piernas y haber estado un
año en la cama ortopédica de la cual no se podía levantar. Todo ese sufrimiento
por el que había pasado para poder cumplir el sueño de poder caminar.
Esta situación le había generado mucha
incomodidad, ya que solo podía pasar de la cama a la silla de ruedas. Sin
dudas, fueron tiempos dolorosos. Todo ese año que pasó en la cama fue un trauma: el no poder ver a nadie,
ni hacer nada. Tenía 14 años y se le pasaba el mejor momento de su vida
mientras él estaba postrado y encerrado.
De sus operaciones recuerda que, la primera, en el
2006 no resulto tan buena, la segunda sí. El pos operatorio fue complicado, no
se animaba a caminar, estaba con la cabeza confundida. Se había resignado. Su
mente le decía que no iba a poder. Tenía que aprender de cero, como cuando un
bebé aprende a caminar. Iba a kinesiología 3 veces por día. No asistía a la
escuela, solo contaba con la maestra que iba a su casa porque no tenía
posibilidad de moverse. Su vida pasaba por la recuperación más que por lo
educativo. Su familia hacia lo imposible para
cumplir el sueño de poder caminar.
Él estaba deprimido, no tenía ganas de hacer
nada, resignado a que no iba a caminar más. Pensaba que nunca lo iba a poder
superar, ni hacer deporte. “Un año en
cama me afecto más la cabeza que las piernas”.
Cuando empezó la recuperación decidió darle
para adelante, era lo que tenía que hacer, aunque pensaba que no le iba a salir
y que toda su vida iba a quedar en cama ortopédica. Fue un trauma todo el
tiempo, el antes y el después de la operación desde el minuto cero.
En el 2007 tuvo la otra operación y seguía
resignado a no poder caminar. Había bajado los brazos, no tenía voluntad,
estaba viviendo su vida en una cama, en una triste realidad, donde sentía que
no la podía pilotear. No tenía cables a tierra, solo podía escuchar música, no
podía hacer deporte. No tenía tele. Se hizo fanático del rock, que era lo único
que lo ponía power. Estaba un poco infeliz. Había aceptado esa
condición suya en este mundo.
Intentó cambiar la mentalidad y la cabeza sabiendo
que si no ponía corazón nunca iba a poder salir, aunque sentía que no tenía
ganas de avanzar porque tenía un conjunto de emociones negativas sobre lo que
venía arrastrando. Él era negativo, pensaba que todo le iba a salir mal, no
tenía fe, ni voluntad.
Con el tiempo empezó a cambiar cuando creció un
poco; se hizo amigos, una vida afuera y un mundo por descubrir que le daban un
hilo de luz al final del túnel, para volver a tomar esperanza.
La fono se
daba cuenta que Maxi no podía armar una frase, solo hacia sonidos y muecas. Le
costaba todo, tenía el cuerpo lleno de vergüenza, todo era silencio, se
guardaba las emociones, la única que dejaba salir era el enojo. Había aprendido
a pelear para sobrevivir, aunque después terminara
siendo amigo de ese con el que se había peleado. Era una costumbre de vida.
Para no sentirse diferente, para no sufrir discriminación.
Accionaba sin hablar, se llevaba todo por delante,
sin pensar, a los golpes. Tenía ciertos problemas para vincularse con otros
chicos porque manejaban ese lenguaje corporal de defensa personal. Era el
mecanismo que conocía para enfrentar este mundo y las injusticias de la vida.
De su relación con el deporte me cuenta que de pequeño hizo mucha
natación, porque le servía para aprender a caminar en el agua. Era un espacio
de diversión, de socialización y de rehabilitación.
Luego, a sus 18 años arrancó con el hapkido[2].
Cuando lo mandaron a tomar clases lo vivió como un deporte transitorio porque
los profesores le parecían necios, ya que el instructor pensaba que tenía una “colimba”
de menores, hacía cosas de las que él no estaba de acuerdo como ponerles
pimienta seca en la boca, o no dejarlos tomar
agua.
No tenía la disciplina de un arte marcial y no
lo terminaba de convencer la manera de entrenar cuando vio que le partían la
tabla a un nenito en una pierna y le quedó toda colorada. En otra oportunidad
él se descompensó por falta de hidratación, se cayó, golpeó la espalda y sus
profesores lo ignoraron, nadie lo levanto en ese momento. Volvía muerto a su
casa, no tenía respiro. El último año lo quisieron convencer de entrenar a la
fuerza. En el fondo sabía que la estaba pasando mal y que había tomado la
decisión de no seguir en ese lugar, porque lo habían tratado mal.
Sin embargo, después de esa experiencia no muy
placentera, su papá le recomendó hacer taekwondo en el Club Portugués.
Hoy reconoce claramente que es otro ámbito, todos tienen buena onda y el
entrenamiento es más parejo. Se siente a la par. Lo que más le gusta es que nadie
hace diferencia y que nunca se sintió discriminado.
Sus profesores saben hasta dónde puede llegar y
dar, no hay techos cuando alguien se propone algo, cuando querés avanzar en un
deporte que sí vale la pena. Lo más importante es que aprendió el autocontrol y
a dominar sus acciones, ahora ya no se pelea ni está a la defensiva con nadie.
Cambió la mentalidad por completo. Atrás dejaba al Maxi “violento” para dar
paso a la reflexión y autoconocimiento.
Finalmente, hoy siente que puede reírse con los
profes, pasarla bien y sacarse fotos. Cuando termina el tiempo de entrenar y
todos repasan cosas, estudian teoría. Maxi pudo rendir dos exámenes de egreso
para cambiar el cinturón y eso le genera felicidad. Sentir que no tenes bronca
de adentro, que puede expresarse tranquilo, ya nadie lo pelea y disfrutar el
esfuerzo; sentir que es él mismo, porque dio la espalda al otro club en el
momento justo, sabiendo que si seguía en ese lugar iba a terminar sufriendo y
esperando los exámenes que nunca iban a llegar.
Pero desde que está en el Club Portugués el
deporte le da buena energía, buena cabeza, no se siente superado por nada ni
nadie. La superación la marca él mismo. Le gusta crecer, mejorar, hacer y cumplir
objetivos, para sentirte libre. Tiene ganas de superarse y seguir, de volver a entrenar, de mejorar. “El taekwondo es lo mejor que me paso en la vida”,
me dice.
De su futuro señala que le gustaría ser profesor de taekwondo
con cierta autoridad, disciplina y paciencia, que son las herramientas que
maneja. Seguir estudiando y creciendo. Le gusta aprender a romper barreras y
respetar a los demás.
Cuando va a rendir se siente feliz, es lo mejor
que le puede pasar. Le gusta ir de la
escuela al club. Los avances los va buscando él, la experiencia, la autoridad;
a veces, se toma con calma algunas cosas y otras se las pone al hombro porque
quiere mejorar. El aliento a sus compañeros le sale de adentro, de manera
natural, se siente un buen compañero, motivador y que los empuja a mejorar,
para que no se queden atrás, para que no abandonen.
Aunque Maxi es discapacitado motriz, con las
secuelas en su cuerpo de todo el camino recorrido y las enfermedades por las
que pasó, el deporte lo salvó. El taekwondo saca lo mejor de él, lo hace
encajar. Es donde aprendió a controlar
la cabeza porque tuvo mucha violencia contenida por todos los años de
sufrimiento y el enojo que le brotaba por doquier. El deporte lo ayudo a
controlarse y a manejar las emociones, a respirar y aceptar, superar las
adversidades de su vida, a dejar atrás el club en el que sufrió; aprender cómo
avanzar, y sentir que puede ser muy
bueno para esto.
El mensaje que le gustaría dar, "el taekwondo es una forma de vida propia,
se tiene que adaptar a la vida en general, el comportamiento fuera y dentro de
tu casa”. Por esta razón, le gustaría que las personas puedan tomar este
deporte como una herramienta de vida. También, le gustaría dedicarse y llegar a
ser profesor, porque es lo que lo apasiona.
Para concluir, lo ve como un deporte muy lindo
que da muchas amabilidades con todos, porque tiene sus momentos para relajar y
para entrenar fuerte y de verdad. Le gustaría competir en un torneo con el club
y seguir rindiendo exámenes, formándose y dando todo para mejorar.
El deporte deja atrás la discapacidad y lo
vuelve uno más. Ya no se siente “el discapacitado”, sino que de alguna manera
superó la adversidad. Atrás quedan los recuerdos en la cama postrado, el
sueño de poder caminar y esos años de cuestionamiento, dolor y
encierro.
Para Maxi este deporte es muy hermoso y nunca
lo soltaría, lo quiere por siempre. Se imagina tener su propia escuela y sus
alumnos para trasmitir que el taekwondo le cambio la vida y es su alegría.
[1] Eduardo Galeano. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/cultura/a-dos-anos-de-su-muerte-las-frases-mas-destacadas-de-eduardo-galeano-nid2125248/
[2] La hemiparesia no es una enfermedad, es una condición neurológica que dificulta el movimiento de una mitad del cuerpo, pero sin llegar a la parálisis, por lo que es un grado menor que la hemiplejia. Disponible en: www.hemiweb.org
[3] Arte marcial coreano enfocado hacia la defensa personal militar y civil. Disponible en: www.es.wikipedia.org/wiki/hapkido





Tan bella e inspiradora !!👏
ResponderBorrarGracias por leer y comentar!!!
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