Todo está en tu cabeza, pero también en tus manos

 LA HISTORIA DE MAGGIE

Hay personas que parecen haber nacido para demostrar que las circunstancias nunca tienen la última palabra. Maggie Leri es una de ellas.

Nació en Paraguay, aunque hace algunos años vive en Uruguay. Allí encontró mucho más que un nuevo lugar, encontró el mar, la tranquilidad y el silencio que necesitaba para sanar. Ese paisaje, donde el agua parece abrazar cada amanecer, terminó convirtiéndose en parte de su terapia y también en una nueva forma de entender la vida.

Es coach ontológica, programadora neurolingüística, escritora, conferencista, diseñadora gráfica, mamá y nadadora de aguas abiertas. Además, es embajadora del programa Fit for Life de la UNESCO, una iniciativa internacional que promueve la inclusión, la salud, el bienestar y el desarrollo de las personas a través del deporte.

Su verdadera identidad está en una decisión que tomó hace muchos años: transformar cada dificultad en un propósito.

Los primeros pasos

El deporte siempre estuvo presente en su vida, aunque durante mucho tiempo no significó lo mismo que hoy.

De niña hacía actividad física porque así lo marcaba la rutina familiar. Fue pasando por tenis, natación, ballet clásico, equitación y muchas otras actividades que fueron moldeando su carácter sin que todavía pudiera imaginar cuánto las necesitaría en el futuro.

Durante la adultez comenzó a correr con frecuencia. Casi todas las tardes iba al parque, disfrutando de la sencillez de sumar kilómetros. Con el tiempo aparecieron molestias en las rodillas, producto de la exigencia, por lo que alternó con el ciclismo y la natación, deporte que ya conocía desde la infancia.

Incluso llegó a formar, junto con un grupo de amigos, un equipo de ecoaventura. Soñaban con competir juntos. Pero ese proyecto nunca llegó a concretarse. Había algo que empezaba a cambiar dentro de su cuerpo.

Las señales que nadie lograba explicar

Mucho antes de recibir un diagnóstico, su organismo ya intentaba decirle que algo no estaba bien.

Las primeras señales aparecían de maneras desconcertantes. Era capaz de recorrer treinta km en bicicleta sin inconvenientes. Sin embargo, al llegar, su cuerpo dejaba de responder y caía al suelo sin motivo aparente, como si por un instante el cerebro y las piernas dejaran de entenderse.

Los médicos no encontraban respuestas claras. La recomendación era siempre la misma: bajar el ritmo, descansar más, disminuir la carga física. Pero Maggie sentía que aquello no explicaba lo que estaba viviendo.

El momento decisivo llegó cuando tenía cuarenta años. Salió dispuesta a correr. Apenas intentó dar el primer paso descubrió que sus pies no podían despegarse del suelo. Pesaban como si estuvieran anclados. No había fuerza suficiente para moverlos.

Aquella sensación dio inicio a una serie de estudios y consultas que terminaron poniendo nombre a todo lo que había ocurrido durante años: Esclerosis múltiple.

El día que cambió el mapa de su vida

Hay noticias que dividen la existencia en un antes y un después.

Maggie recuerda ese día con absoluta claridad. Sintió que alguien había cambiado el mapa de su vida de un momento para otro. Las palabras que comenzaron a escuchar sus oídos fueron difíciles de aceptar: enfermedad crónica, progresiva, incurable.

No conocía a nadie que conviviera con esclerosis múltiple. Tampoco sabía realmente qué significaba ese diagnóstico. Lo único que aparecía era el miedo. La incertidumbre. "La desesperación de imaginar un futuro que parecía haberse vuelto completamente incierto”.

Corría el año 2014. La información disponible todavía era limitada y las primeras búsquedas en internet solo alimentaban los peores pronósticos. Creyó que todo terminaba allí, pero con el tiempo descubrió que era el comienzo de una historia completamente distinta.

Encontró personas que convivían con la enfermedad y que habían descubierto en el deporte una herramienta para retrasar la discapacidad, fortalecer el cuerpo y recuperar calidad de vida.

                                           

Aquella búsqueda cambió por completo el rumbo de su historia.

Pero hubo una enseñanza que terminó siendo todavía más importante. Alguien le dijo que “el diagnóstico describe una enfermedad, no describe a una persona”. Esa frase quedó grabada para siempre.

Desde entonces decidió que la esclerosis múltiple ocuparía el lugar que le correspondía: el de una condición de salud, nunca el de su identidad. “Una enfermedad no nos define”.

Hoy repite ese mismo mensaje en cada conferencia, en cada charla y en cada publicación de sus redes sociales. Porque sabe que hacer visible la enfermedad puede permitir que otras personas lleguen antes a un diagnóstico y cambien radicalmente su calidad de vida.

Cuando el deporte dejó de ser una obligación

Después del diagnóstico, la relación con el deporte cambió para siempre. Cada movimiento adquirió un significado completamente distinto. Mover el cuerpo se convirtió en una forma de agradecerle todo aquello que todavía podía hacer.

El entrenamiento se transformó en un lenguaje íntimo entre ella y su propio cuerpo. Un diálogo silencioso donde aprendió a valorar cada paso, cada brazada y cada pequeño avance.

Entrenaba pensando en la enorme fortuna de poder seguir moviéndose, aunque lo hiciera de una manera diferente a la de los demás. Porque comprendió que la verdadera victoria nunca consiste en compararse con otros, sino en honrar las posibilidades que uno conserva.

El agua donde desaparecen los límites

La vida todavía tenía preparada una sorpresa. A comienzos de 2020 descubrió el nado en aguas abiertas. Mientras el mundo entero comenzaba a enfrentarse a la incertidumbre de una pandemia, Maggie encontraba el lugar donde volvería a sentirse completamente libre.

Con el paso del tiempo dejó de poder correr. Hoy camina ayudándose con bastones. Sin embargo, cuando entra al agua, todo cambia. Allí no siente discapacidad. No pelea contra la fatiga. No discute con sus piernas. Solo nada. “Me enfoco en lo que sí puedo hacer, y no en lo que me falta o ya no está”.

El mar se convirtió en el espacio donde recupera la sensación de igualdad. Allí no importa la enfermedad. Allí todos deben convivir con las mismas corrientes, el mismo viento, el mismo frío y las mismas olas.

Quizá por eso se enamoró tan profundamente de las aguas abiertas. Porque entendió que el mar se parece mucho a la vida. Nadie puede controlar las condiciones. Solo puede decidir cómo enfrentarlas.

Y Maggie eligió hacerlo, una vez más, avanzando brazada tras brazada.


El deporte como una forma de vivir

Con los años, Maggie comprendió que el deporte nunca fue solamente una herramienta para fortalecer el cuerpo. También terminó siendo una escuela de vida. Cada entrenamiento le enseñó que detrás de una meta alcanzada existen valores que trascienden cualquier competencia: la disciplina para sostener un proceso, la paciencia para respetar los tiempos, la confianza en quienes acompañan el camino y la certeza de que ningún logro importante se consigue en soledad.

Por eso, cuando recuerda todo lo que el deporte le regaló, no piensa primero en las medallas ni en los resultados. Piensa en la persona en la que la convirtió. Aprendió a organizarse, a escuchar su cuerpo, a cuidar su alimentación, a descansar cuando era necesario y a entender que la verdadera fortaleza nace del equilibrio entre el cuerpo, la mente y las personas que forman parte del camino.

Si tuviera que elegir cuál fue su mayor logro, no hablaría de un puesto ni de un podio. Su mayor conquista fue descubrir de lo que era capaz cuando estaba convencida de que ya no le quedaban fuerzas para seguir. Esa certeza la acompaña hasta hoy y se convirtió en el motor que impulsa cada nuevo desafío.

Convivir con una enfermedad crónica también modificó la manera en que entiende el movimiento. Mientras muchas personas entrenan para correr más rápido o llegar más lejos, Maggie descubrió que cada jornada de ejercicio representa algo mucho más profundo: la posibilidad de elegir. Elegir levantarse para entrenar, fortalecer su cuerpo, compartir objetivos con otras personas y seguir construyendo sueños. Cuando el futuro deja de ser completamente predecible, conservar esa capacidad de decidir se transforma en un privilegio inmenso.

Esa manera de entender la vida la llevó a proponerse uno de los desafíos más importantes de su historia deportiva. Apenas dos años después de recibir el diagnóstico de esclerosis múltiple comenzó a imaginar que algún día sería parte del Ironman 70.3 de Punta del Este. Para muchos, aquella idea era simplemente imposible. Sin embargo, las palabras de los demás nunca tuvieron más fuerza que sus propias convicciones.

Pasaron ocho años de entrenamiento constante, de madrugadas, de esfuerzo silencioso y de una paciencia que pocas personas habrían sido capaces de sostener. Con el tiempo comprendió que ese sueño no debía cumplirse sola. La verdadera esencia del desafío estaba en demostrar que el trabajo en equipo podía derribar cualquier prejuicio.

Así nació una posta cargada de simbolismo. Maggie nadó los 1.900 metros en aguas abiertas; Carlos Alba completó los 90 kilómetros de ciclismo y Amado Adorno, también diagnosticado con esclerosis múltiple, recorrió los 21 kilómetros finales. Más que completar un Ironman, los tres lograron demostrar que un diagnóstico no tiene por qué convertirse en una sentencia para dejar de soñar.

Ese no fue el único recuerdo que quedó grabado en su memoria. El Cruce de Isla Gorriti, la Vuelta a Punta Ballena, el cruce del lago Nahuel Huapi y su participación simbólica en la Carrera del Fin del Mundo, fueron desafíos que la enriquecieron de maneras diferentes. Sin embargo, por encima de cualquier competencia, siempre vuelve al mismo lugar: el mar.


Allí encontró un espacio donde la enfermedad parece perder protagonismo. Mientras avanza entre las olas comprende que nadie puede controlar el estado del agua, del mismo modo que nadie puede controlar lo que ocurre en la vida. Lo único que siempre permanece bajo nuestro control es la actitud con la que decidimos atravesar cada circunstancia. Quizá por eso siente que cada entrenamiento en aguas abiertas termina siendo una metáfora de su propia historia.

Con el paso de los años también descubrió que compartir esa experiencia podía ayudar a otras personas. A través de sus redes sociales, de sus libros y de las conferencias que brinda, busca transmitir que el deporte transforma mucho más que el cuerpo. Cambia la conversación que mantenemos con nosotros mismos y nos enseña a confiar, a ser pacientes, a ser humildes y a descubrir fortalezas que muchas veces desconocíamos.

Nunca imaginó el impacto que tendrían esas palabras. Lo que comenzó como una manera de compartir pequeños fragmentos de su vida terminó convirtiéndose en un espacio donde muchas personas encontraron esperanza. Cada mensaje que recibe de alguien que decidió volver a entrenar, afrontar un diagnóstico de otra manera o simplemente mirar la vida con mayor optimismo confirma que la inspiración siempre es un camino de ida y vuelta. Porque, mientras otros encuentran fuerza en su historia, ella también la encuentra en quienes la acompañan.

Un nuevo diagnóstico

Hace poco la vida volvió a ponerla frente a una noticia inesperada: melanoma. Volvió a despertar el miedo que había sentido doce años atrás. Sin embargo, ya no era la misma mujer que había recibido aquella primera noticia. Había aprendido que no siempre es posible elegir lo que sucede, pero sí la manera de enfrentarlo. Gracias a un diagnóstico temprano pudo iniciar el tratamiento a tiempo y volvió a demostrar que la actitud también forma parte del proceso de sanar.

Hoy Maggie está convencida de que no existen vidas perfectas, sino vidas elegidas. Hay días en los que el cuerpo responde y otros en los que obliga a detenerse. Cuando eso ocurre, ya no pelea contra la realidad. Escucha, respeta sus tiempos y vuelve a empezar las veces que haga falta, porque entendió que la actitud también se entrena, exactamente igual que un músculo.

Por eso, cuando le preguntan cuál es el mensaje que le gustaría dar, no habla únicamente de deporte ni de enfermedad. Habla de la vida. Cree profundamente que todas las personas atravesarán situaciones capaces de quebrarlas o de transformarlas y que la diferencia nunca está en lo que ocurre, sino en la manera en que cada uno decide mirarlo. Como suele repetir en sus conferencias, "todo está en tu cabeza, pero también en tus manos". Con la actitud podemos cambiar la forma de atravesar las dificultades y, con nuestras acciones, también podemos cambiar el rumbo de nuestra historia.

La de Maggie es, precisamente, la historia de una mujer que entendió que ningún diagnóstico tiene el poder de definir quiénes somos. Porque mientras exista la decisión de seguir avanzando, siempre habrá un nuevo horizonte esperándonos, del mismo modo en que el mar la espera cada vez que entra al agua.




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