Sanar también se entrena

 

LA HISTORIA DE NICO


Hay carreras que se ganan con las piernas y otras que sólo pueden correrse con el alma. Nicolás Cuello conoce ambas. Durante mucho tiempo creyó que su mayor desafío era bajar de peso, correr más rápido o superar un nuevo límite físico. Sin embargo, la competencia más difícil era otra: aprender a convivir con su cuerpo, enfrentar la depresión, reconstruir su relación con la comida y descubrir que pedir ayuda también era una forma de avanzar.

Nico nació en Córdoba, pero hoy vive en Neuquén, donde trabaja como profesor de Educación Física y está terminando la Licenciatura. Entrena atletas, acompaña personas que buscan cambiar sus hábitos y transmite una manera distinta de entender el deporte. Pero llegar hasta ese presente le demandó muchos años de lucha, caídas y aprendizajes.

El deporte como refugio

El deporte siempre estuvo presente en su vida, ya que era el lugar donde él se sentía más cómodo. Desde muy chico convivió con el sobrepeso y la obesidad. Durante la adolescencia apareció el running. Llegó como una necesidad. Correr era la manera que había encontrado para bajar de peso y, al mismo tiempo, escapar de un lugar donde muchas veces sentía que no terminaba de encajar.

En ese momento salía a correr simplemente porque sentía que debía hacerlo. Era como un pequeño ritual, su refugio. 


La batalla invisible

Pero mientras el deporte comenzaba a ocupar un lugar importante en su vida, por dentro libraba una pelea mucho más silenciosa.

A los 19 años dejó la universidad y cayó en una profunda depresión. Su peso llegó a rozar los 120 kilos con apenas 1,69 metros de altura. Entonces volvió a refugiarse en el entrenamiento, aunque esta vez el vínculo dejó de ser saludable.

Lo que había comenzado como una herramienta para sentirse mejor terminó convirtiéndose en una obsesión.

El CrossFit ocupó el centro de su vida y, poco a poco, aparecieron los trastornos de la conducta alimentaria. Durante años convivió con la bulimia y la anorexia, enfermedades que muchas veces permanecen ocultas detrás de una imagen de disciplina o de un supuesto estilo de vida saludable.

El tratamiento fue largo. Psicólogos, psiquiatras y nutricionistas trabajaron juntos para ayudarlo a reconstruirse. Sin embargo, uno de los desafíos más difíciles fue aceptar que también debía cambiar su relación con el deporte.

Acostumbrado a entrenar dos o tres veces por día, recibió una indicación que al principio sintió casi imposible de cumplir: dejar de hacerlo y reducir la actividad física al mínimo necesario. Con el tiempo comprendió el motivo.

Quienes atraviesan un trastorno alimentario no pueden simplemente alejarse de aquello que les hace daño. Deben aprender a convivir nuevamente con la comida, resignificarla y construir un vínculo saludable con algo que será parte de sus vidas para siempre. Es un proceso lento, lleno de avances y retrocesos, donde cada pequeño paso vale tanto como una gran victoria.

Fue entonces cuando empezó a entender que el deporte podía seguir siendo parte de su vida, pero ya no como un castigo ni como una forma de compensar, sino como una herramienta para cuidarse.

Cuando todo parecía derrumbarse

Los años pasaron y Nico volvió a encontrarse con el running de la mano de un entrenador que supo entender no sólo al atleta, sino también a la persona que había detrás.

Con él descubrió otra manera de correr. Aprendió que no todos los entrenamientos debían medirse por el reloj, que también existían salidas sociales, kilómetros sin mirar el ritmo y objetivos que no dependían exclusivamente del rendimiento.

Ese cambio de mirada llegaría justo antes de uno de los momentos más difíciles de su vida. Ya instalado en Neuquén, sufrió una grave lesión durante una competencia de CrossFit. Una fractura, un desgarro y un esguince en el codo obligaron a dos cirugías, yeso y una larga recuperación. Mientras intentaba recuperarse físicamente, también atravesó la separación de su pareja.

Todo parecía ocurrir al mismo tiempo. Sin embargo, en medio de ese escenario volvió a aparecer el deporte. 

Una semana después de la lesión llamó a su entrenador y le dijo que quería preparar el Maratón de Buenos Aires. No sólo quería correrlo. Quería completar los 42 kilómetros en menos de tres horas. 


Durante meses entrenó con el brazo inmovilizado, corriendo con la férula, soportando contracturas y limitaciones físicas que hacían pensar que aquel objetivo era una locura. Pero había aprendido algo durante todos esos años: cuando el cuerpo ya no puede más, muchas veces la cabeza sigue encontrando motivos para avanzar.

El día de la carrera cruzó la meta dentro del tiempo que se había propuesto. Lo primero que hizo fue abrazar y llorar junto a sus padres. 

Para Nico ese instante significó mucho más que un resultado deportivo. Sintió que estaba cerrando una etapa de su vida y empezando otra completamente distinta.

Mucho más que correr

Hoy correr dejó de ser una forma de escapar. Es un espacio de encuentro consigo mismo.

Hay días en los que conversa mentalmente con amigos. Otros en los que habla con Dios. A veces simplemente corre en silencio y deja que las respuestas aparezcan al ritmo de la respiración.

Ya no necesita demostrarle nada a nadie. Tampoco a sí mismo. Aunque sigue siendo una persona exigente y disfruta de los desafíos, entendió que el verdadero rendimiento también consiste en saber escuchar al cuerpo, respetar los tiempos y aceptar que algunas carreras no se ganan.

Esa enseñanza también llegó después de una ultramaratón de 90 kilómetros que lo quebró mentalmente. Físicamente estaba preparado, pero descubrió que no alcanza con entrenar las piernas para enfrentar determinados desafíos. Necesitó un año entero para volver a competir y comprendió que la fortaleza emocional también se construye.

                                                                      

Por eso sostiene que el maratón se parece mucho a la vida. Hay kilómetros donde todo parece sencillo y otros donde aparece el famoso muro. Momentos de euforia, de dudas, de sufrimiento y de felicidad absoluta. Exactamente igual que fuera de la competencia.

Entre todas las carreras que disputó, el Maratón de Buenos Aires ocupa un lugar especial. No sólo porque fue el escenario donde logró uno de sus grandes objetivos deportivos, sino porque allí compartió varios días con sus padres, que viajaron para acompañarlo. Para alguien que vivía lejos de su familia, aquella carrera terminó siendo mucho más que una competencia. Fue un reencuentro. 

Enseñar desde la experiencia

Las heridas que atravesó también transformaron su forma de trabajar. Hoy acompaña personas con objetivos muy diferentes. Algunos buscan mejorar sus marcas, otros quieren bajar de peso y muchos simplemente necesitan construir un hábito saludable.

Nicolás sabe que detrás de cada cuerpo existe una historia que nadie ve. Por eso intenta escuchar antes de hablar.

Aprendió que no todos necesitan el mismo entrenamiento y que muchas veces el mayor aporte de un profesor consiste en comprender el momento que está viviendo su alumno/a.

Su trabajo con niños también cambió su manera de entender el movimiento. Ellos le recuerdan todos los días que el juego puede ser mucho más poderoso que cualquier rutina de ejercicios y que la actividad física también puede construirse desde lo lúdico y el disfrute.

Está convencido de que nadie sostiene un hábito durante años si solamente lo vive como una obligación. En cambio, cuando el movimiento genera alegría, el compromiso aparece casi naturalmente.



La carrera más importante

Si hay un momento que marca un antes y un después en su historia, no ocurrió durante una competencia. Ocurrió en el comedor de su casa.

Fue el día en que reunió a sus padres y les confesó que ya no podía seguir solo. Les habló del miedo que sentía frente a la comida, de los atracones, de la bulimia y de todo aquello que llevaba demasiado tiempo escondiendo.

La respuesta fue inmediata. Lo abrazaron y le dijeron que iban a acompañarlo. Con el tiempo entendió que aquel había sido el primer día de su verdadera recuperación.

Hoy suele repetir una frase que resume buena parte de su historia: "Sanar es un acto de rebeldía." Lo dice porque sanar implica hacer exactamente aquello que muchas veces cuesta más. Hablar cuando uno sólo quiere callarse. Pedir ayuda cuando el orgullo invita a esconderse. Salir de la cama cuando la depresión te inmoviliza. Frenar cuando la ansiedad empuja a correr cada vez más rápido.

Por eso siente la necesidad de compartir su historia, especialmente con otros hombres. Cree que todavía existe una cultura que enseña a ocultar las emociones y a confundir fortaleza con silencio. Él piensa exactamente lo contrario. Para Nico, la verdadera valentía empieza cuando una persona se anima a reconocer que necesita ayuda.

Después de todo lo vivido, ya no mide el éxito por la cantidad de kilómetros recorridos ni por el tiempo que marca un reloj. Su mayor logro fue reconciliarse con su cuerpo, aprender a escuchar sus emociones y descubrir que las heridas también pueden convertirse en un mensaje capaz de cambiar la vida de otros.

Porque algunas carreras terminan cuando se cruza la meta. Las más importantes, en cambio, se siguen corriendo todos los días.

“Sanar también se entrena” porque es saber estar triste, ansioso, es poder identificar lo que uno siente, y sobre todo, saber pedir ayuda, porque al final, más tarde o más temprano, el deporte nos va a sanar.






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